CONVIVENCIA

Descorazonadoras, humanas y sinceras. Las palabras desencantadas de un hombre hundido, las de Adolfo Suárez, ex Presidente del Gobierno, en una entrevista realizada en 1980 y publicada el pasado día 23 en el suplemento dominical del diario ABC. Ahora, 26 años después de una dimisión forzada, caen como una losa sobre la clase política española. Una dura bofetada, seca y dolorosa, que golpea también a los periodistas que conviven mano a mano con esa sociedad política, cercana y lejana a la vez.
Conceptos claros y desgarradores: “Algunos periodistas escriben sólo para sí mismos…”; “los políticos están cada vez más separados del pueblo…”; “los políticos no transmitimos imagen de esfuerzo común…”;”la imagen que ofrecemos es terrible…” “los periodistas se han convertido en correas de transmisión de los intereses de grupos determinados…”.
Adolfo Suárez, un hombre preclaro, hundido ahora en la enfermedad, analizó entre susurros ante una periodista la realidad de una relación, la de entonces entre los medios de comunicación y la clase política, que hoy no ha variado ni un ápice.
Pero avanza aún más y pone sobre la mesa la piedra filosofal de cualquier relación humana: “la convivencia”. Ese entendimiento necesario entre unos y otros, en este caso políticos/periodistas, hombres/mujeres, unidos por el beneficio y perjuicio de sus palabras escritas o habladas. Y como telón de fondo la sociedad, la española, receptora global de un sistema democrático: “el menos malo de los que existen”, según Suárez.
En Huelva, pero también en Madrid, Barcelona o Coruña, en el mundo de las Autonomías españolas, cada vez más aislado y problemático, el desencanto es cada vez mayor. Un distanciamiento entre dos partes obligadas a entenderse que sigue dando lugar, como entonces, a que el ciudadano “cada día se sienta menos representado por sus políticos”.
Una buena parte de la profesión periodística carece, cada vez más, de exactitud, de análisis en profundidad, de perspectiva; en definitiva de atención. Adolece, además, de falta de lectura, de ausencia de conocimientos, de limitación de recursos y, sobre todo, de formación. Una gran parte de la clase política carece de sentido de la responsabilidad, de vocación y de criterio social. “…si lo tuviéramos perfectamente informado, el pueblo español asumiría todo lo que supone la soberanía ciudadana”, argumentaba el político que dirigió la Transición.
El llamamiento a la reflexión, a dejar a un lado los corporativismos en el ejercicio de ambas profesiones, la idea de abandonar intereses individuales/de partido, que sólo conducen al enfrentamiento y a la confusión, no es baladí. Es posible “La convivencia” como herramienta de entendimiento entre periodistas y políticos por encima de las coyunturas, a pesar de sus aciertos, desaciertos y posturas distanciadas, pero con el respeto y el análisis que derivan del conocimiento y la reflexión.
Son muchas las horas que uno, en Huelva, durante el ejercicio dulce/amargo del periodismo, ha gastado/disfrutado en hablar con hombres y mujeres de distintas formaciones políticas que ejercen o no cargos públicos. Conversaciones breves de calle y cafetería cargadas de esa perspectiva, diálogos sinceros de amistad sin micrófono ni grabadora en las que había entendimiento.
Aquellos políticos onubenses siguen transmitiendo en sus palabras la esperanza de un proyecto cercano al pueblo al que representan. Al lado de ellos, bajo el consenso de una realidad necesaria, individual y colectiva, debe caminar la profesión periodística como transmisor de ilusiones a la sociedad, cada vez más necesitada del sentido común que, por desgracia, ya ha perdido aquel Adolfo de la UCD. con los partidos de oposición

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