Huelva es una ciudad cargada de imágenes y olores, sombras y sabores. Un trazado de calles personales, con nombres y apellidos, que dejan honda huella en el recuerdo de quien las pasea. La capital de la provincia más luminosa de la península no pretende destacar por su belleza, ni por su antigüedad, sino por la personalidad demoledora que desprende cada rincón de sus plazas y avenidas, llenas de historias, de casos y cosas de gentes de antes y de ahora.
Son las fotografías en papel de un atardecer único, de un amanecer formidable, junto a la ría. De un paseo sin final con los ojos abiertos de par en par por el interminable muelle de madera y hierro. De un café a media tarde en las barriadas más populares y genuinas que rodean el centro de la Gran Vía; la Isla Chica del viejo Colombino; el Molino de la Vega del Odiel. De un encuentro popular, divino/apasionante, por las aceras de otras zonas, de otros barrios también maravillosos, arriba y abajo.
Ahora, en las rebajas de un enero cuesta arriba y con excesiva antelación, las grandes ferias del loco Madrid venden los escaparates de un turismo de sol y de golf. Pero Huelva, la ciudad, más allá de las carnes blancas jamón/jamón, propone una oferta distinta: los encuentros de pasajes que nunca se olvidan, la amabilidad de la gente, del onubense sonriente y solidario, de las horas que se convierten en imágenes reveladas con los negativos de cada conversación, de cada anécdota, del diario y sin igual espectáculo que ofrece el sol onubense cuando se desploma sobre un refresco de colores suaves que dan ganas de bebérselo. Una oferta de quioscos, de tiendas abiertas, de cafeterías a pié de calle.
Un recorrido por algunas de sus iglesias y sus plazas; San Pedro, La Merced, La Soledad, La Concepción. Una, dicen que la más antigua, se levanta majestuosa sobre el cabezo dulce y marrón; otra, institucional y académica; la tercera, sencilla y callada, la más discreta; y la cuarta, la más querida, la más anhelada, la más visitada por acoger al Nazareno de terciopelo granate. Todas ellas conforman el triángulo más bello desde el mirador de las azoteas, desde las alturas de la ciudad.
Este es el turismo distinto, el que no está a la venta en los grandes circuitos de azafatas bonitas. El turismo de los sentimientos. Un viaje interminable por el corazón y las venas de hombres y mujeres, mayores y pequeños, vividores de la ciudad, moradores en sus edificios, con sus quehaceres diarios y sus cuentos divertidos/aburridos. Una hoja de ruta que no tiene ni principio ni final, ni nudo ni desenlace, porque, en definitiva, es un sendero fabricado a base de horas, minutos y segundos.
Huelva siempre será la gente, su gran materia prima, los verdaderos fabricantes de ese cuaderno inmenso cargado de imágenes y olores, sombras y sabores.
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