Comienza la campaña electoral. Y con ella, los sonidos pegadizos, los colores, los kilómetros, los carteles, los estrados y los bocadillos de mediodía. Políticos y periodistas en el punto de salida de una carrera marcada por el tiempo, el mercadeo de mensajes, las frases y los titulares. Son días de furor político cargados de actividades dedicadas a la conquista del voto sea como sea. Tensión y diversión; Zapatero y Rajoy; PSOE y PP, unos y otros, todos se suben en autobuses de caras sonrientes que pasean por las provincias escupiendo cantinelas de megáfono, al estilo del carrito de los helados.
Un paquete gratis de productos conocidos: partido, programa y candidato al servicio del ciudadano. Una oferta de última hora, una propuesta de ideas, personas, imágenes y equipos que llena los aforos de despistados y jubilados en jornadas de visita política y cultural. Apasionante. En definitiva, todo un proceso de marketing similar a la venta comercial de un producto crecepelo barato y, en ocasiones, ineficaz. La diferencia estriba en que el mensaje político se vende a través de empleados voluntarios, mientras que las organizaciones comerciales se basan esencialmente en empleados asalariados.
El vendedor electoral alcanzará su objetivo si obtiene finalmente el número de votos deseado. El comercial cumplirá sus metas si coloca la oferta al mayor número de clientes. Ambos utilizan mensajes parecidos respecto a producto, precio y promoción. Asistiremos a una campaña electoral apasionante y decisiva que romperá el empate técnico de los partidos mayoritarios.
En esta ocasión, la liturgia electoral vendrá acompañada de ilusión y propaganda que serán trasmitidas a través de toda la tecnología posible; medios de comunicación hablados/escritos pero, sobre todo, navegarán por la red de los blogs y la banda ancha. El mensaje llega ahora a una sociedad más interesada por la política, más madura, más formada, que no teme los argumentos más directos, más contundentes. Una sociedad más preparada que demanda nuevas herramientas basadas en la publicad política. Así, la cuadrilla electoral ya se ha puesto en marcha para ofrecer imágenes en vez de argumentos, metáforas visuales, fantasía a todos los niveles y, sobre todo, como defiende ZP, mucha tensión y dramatismo.
El político/candidato es un actor de serie B, un personaje de escenario que suda la camiseta. El mitin se ha convertido en las últimas campañas en un concierto plagado de bises que jalean los propios y algún extraño. Alfonso Guerra era un maestro del verbo político, de la puesta en escena. Inauguró a finales de los 90 el micrófono inalámbrico. Recorría de un lado a otro la tarima con frases de calado. Se hacía con el público y controlaba las masas socialistas de pañuelo y banderín. Esos sí que eran mítines.
En fin. Primero la pegada de carteles y copita de candidatos. La carrera ha comenzado y la meta se alcanzará el próximo 9 de marzo.
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