La única porción de fortuna es la felicidad familiar. Me lo creo. Después de tantos años empeñado en construir una gran empresa, la más difícil, la más bella, la más rentable. Llegado a este punto, con mis locos bajitos que nacieron en Huelva y en Madrid, con las cuatro sonrisas rosas, una de ellas reciente, sin dientes, uno se convierte, junto a su mujer, en una de esas parejas valientes, incomprendidas, extrañas en estos tiempos difíciles para la familia numerosa.
Esta institución jurídica, económica y social, considerada como la más solidaria e inamovible dentro de la sociedad, se mantiene firme con el paso del tiempo, indemne a los problemas sociales, a las diferencias culturales, a los conflictos, a la política en ocasiones gris y difusa; inoperante.
En los países del tercer mundo, los problemas que amenazan al sistema familiar son aquellos basados en la propia supervivencia del ser humano, como el alimento, el trabajo, las medicinas etc. Por el contrario, en los países más ricos, el freno a la natalidad es consecuencia de la angustia, la ansiedad, la incertidumbre ante el futuro, provocadas, sobre todo, por el egoísmo y la falta de compromiso. La familia, por tanto, en este último caso, se presenta erróneamente como un peligro del que hay que huir.
Asistimos en la actualidad a un sistema social basado en el ocio y la comodidad. Las nuevas generaciones, nuestros hijos, no quieren problemas, ni en la familia, ni en las empresas. Sus abuelos pelearon, sus padres mantienen y ellos se dedicarán a dilapidar con una terrible falta de voluntad, inspirada en una vida carente de conflictos y con todo aparentemente solucionado.
Hoy más que nunca, la familia debe estar por encima de posturas políticas o religiosas. La unidad entre sus miembros no se ajusta a criterios más o menos cristianos, ni a ideologías más o menos conservadoras; todas ellas con intereses propios. Pero sí responde a conductas y a sentimientos personales e intransferibles, características que conforman el estado del bienestar en un país determinado.
Ante este panorama, al margen de discusiones filosóficas sobre el matrimonio y sus condiciones sexuales, el futuro pasa –no me cabe duda- por un cambio radical de conductas, incorporando la perspectiva familiar como una prioridad social, objetivo sine qua non para lograr un sistema basado en la valentía y la solidaridad.
La familia debe seguir siendo una prioridad política, evitando discriminación entre países, impulsando la igualdad de oportunidades y fomentando la educación en valores. Nuestros padres escribieron su libro. La sociedad otro. Pero el primero nos dictaba la norma y las excepciones. Ahora, nuestros libros tienen páginas en blanco que no provocan reacciones, que no generan opinión, que no estimulan a la responsabilidad de los hijos. Libros vacíos que no dicen nada. Lectura cómoda y fácil.
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