LA HUELLA DEL ESFUERZO

Decía Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.
Huelva, mortal y rosa, está repleta de hombres y mujeres que han dedicado sus vidas a ella. Mi cabeza está llena de imágenes de personajes públicos y privados que han dejado sus entrañas para convertirla en un territorio único, diferente. Mi vida detrás del bolígrafo está repleta de nombres que son sellos en maletas de viaje, tatuados en la historia del que ama y desea la tierra lejana.
Hablo de cuerdos y locos de carne y hueso que pasean bajo los arcos plomizos de la Gran Vía. Ellos y otros muchos son la historia viva de Huelva. Con sus aciertos y fracasos, con sus ideas dispares, haciendo camino al andar, fabricando la tierra que asombra a los que llegan de un Madrid cargado de mala leche y ansiedad.
Mi relación con ellos/ellas, los de la cosa pública, no entiende de ideologías políticas, no sabe de votos, no quiere entender de rencillas del tiempo malgastado. Mi amistad no depende de donde estuve, ni adonde voy, ni en donde paro. Son ellos, los mismos con los que charlé en la cafetería del sindicato, aquella que se perdía entre el humo de los exaltados a la espera de noticias tempranas.
Mi pluma escribe en el papel universal y las letras de mis pensamientos son de quien las lee. Pero por esas historias pululan los protagonistas inequívocos de la Huelva del progreso, porque no se entiende otra, y están guardados en un cajón mental que no distingue la izquierda de la derecha, ni el centro, ni mucho menos los extremismos derivados de la inutilidad para hacer las cosas.
Guardados quedan, con sus colores y vestimentas, desde aquellos trabajadores de mono verde que perdieron la vida apagando los fuegos malditos, hasta el presidente de una Diputación que hoy, valiente, ha recibido la sentencia de una justicia en la que yo confío. Deambulan de un lado a otro de mi imaginación los políticos del fotógrafo eterno y los de la calle Puerto, los izquierdistas que nunca han cambiado de ideas, aunque estas puedan denominarse utópicas a los ojos de los utópicos.
Un cajón de sastre que acoge a los que velan por la seguridad y a aquel amigo que saboreó la política pero volvió a su sillón de las emergencias coordinadas. En la noria de la columna semanal suben y bajan los barones y las baronesas del escalafón político, que también hicieron Huelva. Y esos que son y sienten Doñana, el duro parque de la marisma que seca también sus iniciativas emprendedoras.
Todos están y dejan a su paso la huella del esfuerzo, la equivocación que da lugar al acierto y el poso, que hay que mirar con sus formas concéntricas y deslizantes. La historia de Huelva está cargada de palabras, de imágenes y de hechos en un tiempo y en un espacio, pero sobre todo está cargada de caras y de gestos que no mueren en el pasado, porque engrosan la experiencia del futuro.

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