Diego Valderas se presenta a un nuevo examen final rejuvenecido y con la convicción de resarcirse del duro golpe que recibió en las elecciones autonómicas de 2004, tras quedarse sin el escaño por Huelva que, por un puñado de votos, le arrebató el PA. IU de Huelva afronta además los comicios del 9 de marzo con la esperanza de beneficiarse del hundimiento de los andalucistas en las municipales de 2007, donde perdieron la mayoría de las 15 alcaldías en las que gobernaban. También el PP está seguro de agrupar los votos de ese antiguo vivero que no levanta cabeza, pero ese es otro tema.
Valderas ha recorrido mucho camino. Forjado en la academia sindical/obrera de CCOO y con el bagaje que otorga el ejercicio asfixiante de la alcaldía (Bollullos 1979-1994), ha dedicado los últimos años de su labor política a la autonomía. Solicitante del voto útil para la izquierda izquierdista, no para el PSOE de Chaves, defiende que los partidos mayoritarios ofrecen la misma recompensa al votante. Más de lo mismo. “Dos caras de la misma moneda”, explica cuando se refiere a los documentos de promesas de ambas formaciones.
Valderas es la cara conocida y amable de la Federación de Izquierdas en Andalucía. Hombre de trato amable y de palabra recia, me consta, presenta una vez más la sorprendente utopía de un partido, un colectivo en verde que pretende seguir dando guerra para permitir legislaturas. Diego, repito, llega a este encuentro electoral con la juventud que parece brindarle la batalla que le enfrenta con los más críticos de sus críticos; más delgado y con pelo. Mucho más joven que Manuel Chaves, al que se le van notando los años, las arrugas y el carraspeo. Es ley de vida. Con más fuerza que Javier Arenas, doblado en los mítines por el que se sabe muy perdedor en una Andalucía que no quiere a los derrotados. Y es que al candidato popular le queda ya una o ninguna.
Hace poco hablé con Valderas después de mucho tiempo sin verle. Igual fondo, igual forma. Y es que, a pesar de sus desencuentros con Llamazares, por el que tampoco parecen pasar los años, sigue contando lo mismo y en los mismos términos: lo del pluralismo político; lo de la izquierda como referente; lo de la deuda histórica y lo del estado con visión federal. Lo hacía entonces, en los desayunos de los 90, cuando las aguas estaban más calmadas y había suficiente horario para el café y algún que otro bollo, y lo hace ahora, en estos tiempos de tecnología e Internet, de prisas y permanente confrontación.
En fin, que IU, lejos de cambiar de identidad, vuelve a encontrarse con la jornada de los votos convencida de su utilidad para los rebeldes, utópicos y auténticos. Ya lo dijo Anatole France: “La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un porvenir mejor”. Ahora lo que hace falta es creérselo.
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