Al Gore es también una verdad incomoda para Huelva. Lo cierto es que este Rajoy a la española, por aquello de quedarse a las puertas, se ha convertido en la sombra alargada de dos centenares de hombres y mujeres que, sin saber realmente por qué, se han unido al carro de la preocupación por el cambio climático o el calentamiento global.
El político/ecologista estadounidense se ha convertido en un genio del marketing, en un experto en el movimiento de masas, en un mago del mensaje y en un profesional de las charlas a 200 mil euros (algo más de 33 millones de las antiguas pesetas) cada una. Sus ingresos caminan paralelos al mensaje real y devastador que maneja, un argumento parido por un comité internacional, receptor del Novel de la Paz, cuyos estudios ya se han puesto en tela de juicio por una buena parte de la comunidad científica.
Nadie duda a estas alturas de la existencia de datos objetivos, más allá de una película, que avalan un proceso de cambio de clima atribuido, directa o indirectamente, a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial. Pero, ¿hasta que punto es real el grado de catastrofismo que transmite el señor Gore en sus charlas millonarias?. Un personaje que, en julio de 2005, avaló la negativa del gobierno Bush a la firma del protocolo de Kyoto, mandatario de un país que se sitúa como el mayor emisor de gases contaminantes del mundo. Y Gore aterriza en Andalucía y dice que esta región "será una de las que reciba mayor impacto del cambio climático". Toma ya. Y aquí sin saberlo.
Al Gore ha conseguido convertir el problema del cambio climático en el gran argumento del debate nacional, más allá de los hundimientos en Cataluña, la sentencia del 11-M o la campaña electoral. Este tío es un genio. Mientras, aquí en Huelva, se comen garbanzos para denunciar una presunta maniobra judicial en el seno del TSJA, que ha fallado a favor de que Endesa disponga de dos centrales en el Polo Químico.
Pero para defender la sostenibilidad, no hace falta recurrir al calentamiento global o a la desaparición de los glaciares, sino a la contaminación de las ciudades, de la que todos somos culpables, ya que el precio de nuestro bienestar se traduce en un gasto descontrolado de energía. Los modelos urbanos sostenibles, basados en la defensa y la protección del medio ambiente, con medidas urbanísticas, económicas y sociales destinadas a las políticas de eficiencia energética y a la reducción de la contaminación, deben ser impulsados por las administraciones locales.
Por tanto, la respuesta al conflicto climático que puede aportar España no hay que buscarla en la política de largo recorrido, sino en la de estrecho margen, en los 8.111 Ayuntamientos que conforman el panorama municipal de este país. El conflicto abierto sobre el futuro de la industria química onubense, cargado de desencuentros y enfrentamientos, no es más que un ejemplo de la lamentable incapacidad política para resolver un asunto local con los máximos tintes de sostenibilidad. A lo mejor ha llegado el momento de invitar al señor Gore a Huelva para participar de la próxima garbanzada y, aprovechando la comilona, arrancarle algunas soluciones mágicas.
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