MARY LUZ

La actualidad triste de la semana se llama Mari Luz y tiene 5 años. La pequeña desapareció y aún no ha vuelto. Su familia, gente sencilla y humilde de la Huelva popular, no vive/duerme desde el pasado domingo. Resulta muy complicado, creo que imposible, y menos en unas breves líneas, compartir el estado de ánimo de unos padres que han dejado de ver, de sentir, de abrazar y de oler a un hijo. Es absurdo, porque los sentimientos se encuadran en el ámbito de lo personal, de lo intransferible y, por lo tanto, trasladarse al pellejo de alguien que sufre no deja de ser una frase hecha, vacía. Y más aún cuando ese sufrimiento desgarrador tiene su punto de origen en la familia, en el centro neurálgico del equilibrio vital.
No obstante, la ausencia de Mari Luz ya ha dejado un hueco en el corazón de todos los españoles, del sur y del norte, del este y el oeste. Asistimos perplejos a un escenario de delincuencia inexplicable, de acontecimientos sin sentido que ponen en tela de juicio la seguridad ciudadana, la libertad de movimiento. La sociedad de este país exige a las Administraciones públicas, hoy más que nunca, que instrumenten los mecanismos y herramientas necesarias para permitir una convivencia en paz. El único objetivo que debe perseguir toda estrategia de seguridad ciudadana debe ser el de proteger a las personas, para favorecer el normal y lógico desarrollo de los derechos fundamentales. En definitiva, el Estado debe esforzarse a aún más si cabe en salvaguardar la integridad, la libertad, la libre circulación y la propiedad de las personas.
Pero la inexplicable desaparición de la niña Mari Luz no es el primer caso ni, por desgracia, será el último, por lo que las comparaciones son odiosas. Un flaco favor hacemos a sus familiares cuando desde los medios de comunicación nos empeñamos en buscar coincidencias con otros sucesos de parecidas características. Cuestión distinta es que las Fuerzas de Seguridad (Policía Nacional, Guardia Civil, etc.) busquen similitudes con otros sucesos para la resolución final del caso. No hagamos sangre, no sirvamos de recordatorio maldito o de demonio rojo de la actualidad, porque somos la ventana útil de una familia destrozada. No la hundamos más.
Juan José Cortes no entiende hoy de leyes, no sabe de estrategias policiales, no atiende a rumores infundados. El padre, el marido cabizbajo y hundido, sólo quiere que vuelva su hija, únicamente desea estrecharla en sus brazos. Ahora es el momento de que el potencial humano que se esconde bajo el traje político, ofrezca a esta familia todo el apoyo que demande. Mientras, los ciudadanos debemos exigir con mayor claridad y contundencia, la que nos permite la Constitución, las garantías de convivencia plena que ofrece la seguridad en todos sus ámbitos.

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