MENOS COMBATE Y MAS DEBATE

La industria química de Huelva fue objeto de un intenso debate político y social en la década de los 90 del siglo pasado y lo será, sin duda, en los próximos años. Una relación amor/odio cargada de desavenencias que pone el mantel y los cubiertos en la mesa de muchas familias onubenses desde hace 40 años, lo que viene contribuyendo a que este polémico sector aporte aproximadamente entre un 10 y un 15 por ciento de la riqueza que genera toda la economía provincial.
Ahora, el caso Endesa y el posible cierre de la planta de Fertiberia en Palos de la Frontera han agudizado aún más si cabe una lucha de intereses en la que están enzarzados los sindicatos mayoritarios, las administraciones, los empresarios y, en la medida que pueden o les dejan, los propios ciudadanos.
La Asociación de Industrias Químicas y Básicas (AIQB) mantenía, hace algunos años, que el potencial desarrollo de las fábricas no sería posible sin que se despejaran un conjunto de interrogantes sociales-administrativas. Pues bien, esas interrogantes, centradas en el apoyo de las Administraciones Públicas a la inversión privada -que por enésima vez solicita Díaz del Valle- y en el vuelco de la opinión pública, siempre desfavorable a los humos, siguen sin tener respuesta.
Vamos por partes; la clase política onubense, ya se ha dicho, se encuentra enfrascada en el combate permanente por el voto. Si atendemos a la memoria histórica, ahora tan de moda en el debate nacional, los argumentos de socialistas y populares sobre la dicotomía empleo/medio ambiente en el marco de la discusión industrial han sido en los últimos tiempos contradictorias, y en ocasiones cambiantes, pero siempre modelados en base a las citas electorales.
Fue el mismo PSOE que ahora defiende la industria, el que denunció que las instalaciones de la Avenida de Francisco Montenegro estaban obsoletas, pese a los parcheados, las mejoras puntuales en los procesos de producción y a las nuevas tecnologías sostenibles en el control de emisiones, pero llegado el momento de las municipales cambió el mensaje, entre ellos el propio Manuel Chaves cuando dijo en la barriada de La Orden: "hay que proteger" a las empresas del Polo. Y lo corroboró la entonces candidata Parralo: “yo defiendo a los trabajadores y no a las multinacionales”.
Mientras, el PP del recurso ante el Tribunal Supremo daba, en 2005, su apoyo sin fisuras al Pacto por la Industria. Francisco Moro, en un tenso debate plenario sentenció que "Huelva es una ciudad que necesita la industria para vivir". Hoy las palabras y los hechos parecen iguales pero son distintos. Me queda la intervención de los sindicatos y empresarios, pero eso da para un libro que ya abordaré en otra columna. Y el de los ciudadanos, que se resume en dos palabras, como diría Jesulín: “Ajo y Agua”.
Lo cierto es que la industria química se implantó en la periferia de Huelva y, con ella, la preocupación de toda una sociedad ante sus posibles efectos medioambientales. Desde entonces, no se han producido incidentes de máxima gravedad-aunque sí importantes-pero el temor continúa cuando desde alguna empresa se producen escapes a la atmósfera que sobrepasan lo permitido por la legislación.
Ni los pactos, ni los integrantes de la Mesa de la Ría, ni la FOE, ni CCOO, ni UGT/Luciano, son capaces de abrir una vía de diálogo, colaboración y consenso tan necesaria en este momento para, de una vez por todas, sentar las bases de un plan estratégico para el futuro de la industria química de Huelva. Ante esta lamentable coyuntura, cargada de despropósitos políticos y sindicales, resulta imposible pensar que el inversor privado se acerque a Colón, ni siquiera para tomar un café.

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