A todas las mujeres maltratadas.
“La violencia es el último refugio del incompetente”.
Ha llegado el momento de decidir, de tomar la iniciativa, de levantarse del suelo adonde una ha ido a parar después de una lucha que se ha prolongado demasiado, más de media vida. El tiempo pasa inflexible y ha dejado melancolía, malestar y ansiedad, mucha ansiedad. Es el maldito tiempo que se va y yo me quedo aquí, pegada a la novela negra de mi vida, cegada por los destellos de la bombilla amarilla que se esconde tras el sombrero negro de la lámpara.
Tengo calor. Es verano, cerca de la medianoche. El sol ha dejado una herencia insoportable. Es tarde, pero la sensación de su endemoniada presencia me persigue por el largo pasillo que conduce a la habitación principal, a la estancia ahora maldita, que esconde el recuerdo de aquellos días maravillosos que no volverán jamás. Junto al reloj de la temperatura y la foto de los míos, de los más pequeños que ya son grandes, repaso las imágenes de los minutos que nos han unido más, que nos han llenado de sonrisas cómplices, las más sanas, sobre todo a mí. Me duelen los recuerdos más dulces, los del chocolate negro con galletas rellenas de chocolate blanco, y los más amargos, con naranjas de zumo, tempranas y ácidas. Recuerdos dulces, historias amargas, secuencias de dos vidas.
De pronto, sin darme cuenta, comienzo a hablar sola, a representar un extraño monólogo en la noche del gran estreno, subida en el colchón. No, no estoy loca. Bueno, un poco, vale, pero tu estás delante, aplaudiéndome, amándome, sentado en la esquina más oculta de la silla de madera.
Hace calor. Estoy sudando. Me he caído de la cama y no oigo nada, me has dejado de aplaudir y se ha hecho el silencio. Ya no estas. La función se ha terminado y comienzo a sentir frío, mucho frío. Otra vez la soledad, la locura, la ansiedad, el temor. Escucho ruidos y quiero oler el perfume especial de tu inconfundible presencia, pero he despertado y ya no estás a mi lado.
Ahora me quedan ellos, que me enseñan cada día su cara más bonita, la más suave y blanca. Y en la ventana de mi imaginación, los paisajes con la luz más bonita de la tierra. Estoy agotada y harta de vivir otras vidas, de sentir latigazos de sensaciones ajenas y de esperar a recibir lo que nadie da. Me he entregado a destinos ajenos con la misma ilusión de la que lucha por que sí, con el único y exclusivo objetivo de sobrevivir. Y ya está bien.
Ha llegado el momento de decidir, de tomar la iniciativa, repito, de abrir y comenzar de nuevo el libro de mi vida, repleto de páginas y espacios vacíos. Es la hora de escribir mis acontecimientos. No, no, no es tarde, si esto acaba de empezar. La huida blanca me persigue y yo me quiero quedar en este mundo, con la luz encendida, con él a mi lado. Es verdad, no me quedan fuerzas, me dejo llevar y muero porque tú eres así, muerte venidera, muerte anunciada, maldita vejez. Apaga la luz, cariño, y acércate como aquel día, en la playa, minutos antes de que te alejaras.
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