Me encanta la eñe porque marca la diferencia, porque es distinta. La decimoséptima letra del alfabeto español; muy única y muy española. Ahora, Huelva se engalana de eñe en el marco de la celebración del III Acta Internacional de la Lengua Española, la nuestra, con la que se comunican más de 407 millones de hablantes en todo el mundo. Diez de los principales estudios y diseñadores iberoamericanos dan vida a una acertada exposición colectiva en la que la letra “ñoña” se convierte en la gran protagonista. Sus creaciones cuelgan de las fachadas de edificios de la capital onubense, como el Gran Teatro, la Casa Colón, el Ayuntamiento, la Diputación, la Federación Onubense de Empresarios o la sede del Colegio Oficial de Arquitectos. Viva, pues, la eñe.
Y yo me pregunto: ¿qué sería de nosotros sin la eñe?; una letra desaliñada pero señorial que inunda nuestras vidas entrañables, cargadas de cariño y puñaladas, carantoñas y buena compañía. Un sonido muy femenino, que resulta muy masculino con su sombrero, y que nos acompaña desde los pañales hasta el final de nuestras vidas, cuando la muerte nos endiña de lleno.
Sin lugar a dudas, la desaparición de la eñe pondría en serio peligro los valores más arraigados del personaje hispánico, muy acostumbrado a tomar cañas, cañaillas y huevas aliñadas, que son manjares señeros para el gañote sureño. ¿Y que sería de nuestra historia?, cargada de hazañas de antaño a base de cañonazos desde galeones señoriales. Me niego a imaginar una Huelva sin huelveños y huelveñas, sin isleños e isleñas, sin marismeños, sin Calañas, Cañaveral de León o Castaño del Robledo.
Que triste y desaliñado sería todo sin la eñe, siempre asediada y empañada por el eco constante de la letra e, redonda y jeroglífica, la que más se repite en el diccionario español. Esa eñe risueña/enfurruñada que ya se pinta y se dibuja, que desprende arte, llega cada primavera para guiñar y cada otoño para enamorar o desengañar, para gruñir o extrañar. Una eñe de verano que soporta al quinceañero o al niño empeñado en el baño, y que se convierte en navideña cuando el invierno blanquea la montaña norteña. Está con nosotros año tras año.
Siento pánico al pensar en un teclado con el hueco negro más cercano a la ele, vacío, que dejaría huérfanos, sin palabras de extrema belleza, sin adjetivos sorprendentes y sin sustantivos maravillosos, a cuentos y novelas, narraciones y poesías. ¿Qué sería del drama sin pañuelo y plañideras, del terror sin puñales y entrañas, del amor sin los sueños del encoñado?.
Y es que la letra diferente se ha ganado su puesto a pulso, incluso en el ciberespacio, dando vida y riqueza a la lengua más universal. Y lo ha hecho de cara y de espaldas a los políticos que la defienden, aunque, en ocasiones, se revele contra algunos de ellos; plañideros, muñecotes, señoritingos y alimañas.
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